Un hombrecito se encaminó a la casa-hacienda de su patrón. Como era siervoiba a cumplir el turno de pongo, de sirviente en la gran residencia. Erapequeño, de cuerpo miserable, de ánimo débil, todo lamentable; sus ropas,viejas.
El gran señor, patrón de la hacienda, no pudo contener la risa cuando elhombrecito lo saludó en el corredor de la residencia.
Buenos días, patrón
JAJAJAJAJA ¿Eres gente o que cosa?
Humillándose, el pongo no contestó. Atemorizado, con los ojos helados, se quedó de pie.
¡A ver!,por lo menos sabrá lavar ollas, siquiera podrá manejar la escoba, con esas manos que parece que no son nada.¡Llévate esta inmundicia!
Arrodillándose, el pongo le besó las manos al patrón y, todo agachado, siguióal mandón hasta la cocina.
El hombrecito tenía el cuerpo pequeño, sus fuerzas eran sin embargo como lasde un hombre común. Todo cuanto le ordenaban hacer lo hacía bien.
El hombrecito no hablaba con nadie; trabajaba callado; comía en silencio. Todo cuanto le ordenaban, cumplía.
¡Ey tu, has esto!
Sí, papacito
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