Un hombrecito se encaminó a la casa-hacienda de su patrón. Como era siervo iba a cumplir el turno de pongo, de sirviente en la gran residencia.
El gran señor, patrón de la hacienda, no pudo contener la risa cuando el hombrecito lo saludó en el corredor de la residencia
Buenos días patrón
¿Eres gente u otra cosa?
El hombrecito tenía el cuerpo pequeño, sus fuerzas eran sin embargo como las de un hombre común. Todo cuanto le ordenaban hacer lo hacía bien.
Por lo menos sabrá lavar ollas, siquiera podrá manejar la escoba, con esas manos que parece que no son nada.
¡Llévate esta inmundicia!
¡A ver!
Era pequeño, de cuerpo miserable, de ánimo débil, todo lamentable; sus ropas, viejas.
El hombrecito tenía el cuerpo pequeño, sus fuerzas eran sin embargo como las de un hombre común. Todo cuanto le ordenaban hacer lo hacía bien.
Huérfano de huérfanos; hijo del viento de la luna debe ser el frío de sus ojos, el corazón pura tristeza
Humillándose, el pongo no contestó. Atemorizado, con los ojos helados, se quedó de pie.
Ave María
Habla… si puedes
Arrodillándose, el pongo le besó las manos al patrón y, todo agachado, siguió al mandón hasta la cocina
..............
Ave María
¿Y tú?
El hombrecito no hablaba con nadie; trabajaba callado; comía en silencio. Todo cuanto le ordenaban, cumplía. «Sí, papacito; sí, mamacita», era cuanto solía decir.
¡Vete, pancita!
...................
No puedo saber cómo estuve, gran señor. Yo no puedo saber lo que valgo.
Bueno. Sigue contando.
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