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Unknown Story

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  • El hombre es una parte de la armonía universal. Análogo al universo, su cuerpo está animado y ordenado por el alma. Esta, lo mismo que el número, es por una parte, principio corporal individual.Pero al mismo tiempo es, por otra parte, el elemento por el cual el hombre queda engarzado en la totalidad armónica cósmica y ligado, por ello mismo, al ciclo de la metempsicosis. Tal duplicidad hace compleja la temática pitagórica sobre el alma.En efecto, si bien en cuanto 4 mÚ ella pertenece al individuo particular, también ella, en cuanto que vinculación cósmica, es espíritu supraindividual o Safta Uv, semejante al Uno, y hace al hombre partícipe de la única y universal esencia del Uno del que todas las cosas son determinaciones. De esta duplicidad se derivarán afirmaciones y testimonios con frecuencia difíciles de compaginar. Sin embargo, tener en cuenta que el pitagorismo se mueve en esta especie de tensión o dialéctica entre la individualidad que debe ser afirmada desde un principio de orden y la Unidad que no puede ser negada como substancia única, será esclarecedor para su análisis a la par que hará más comprensibles las imprecisiones y generalidades, por otra parte no sólo patrimonio de pitagóricos cuando del tema del alma se trata.
  • La naturaleza del alma.
  • .
  • Dividiré los fragmentos y testimonios de acuerdo a dos tópicos:
  • Los atributos del alma.
  • No son abundantes los testimonios sobre la constitución «física del alma, entendiendo por tal su reducción a los elementos comunes en la investigación jónica o a otros considerados como componentes de la naturaleza. En el pitagorismo antiguo, como es el caso de Hipaso de Metaponto (Ipp., Vita, 1. 1, 84), se afirma una cualidad anímica similar a la que le atribuyen otros muchos. Así nos dice que Según Parménides, Hipaso y Heráclito, el alma es de naturaleza ígnea ellos hacen derivar el alma del fuego (lpp., Dott., 9, 1, 96).A Su vez recoge Aristóteles lo que, al parecer, era una opinión muy difundida ya que se confirma también posteriormente. Es la naturaleza «aérea» del alma, aunque sobre el tema las opiniones no debían de ser tan claras. En el De Anima (404 a 17) dice Aristóteles que algunos pitagóricos decían que el alma era las partículas del polvo que se encontraban en el aire, Pero allí mismo confirma la división de opiniones señalando que otros afirman que es aquello que las mueve (404 a 19). Diógenes Laercio, citando la obra de Alejandro Polístor (s. Sí a.C.) Sucesiones de los Filósofos, en donde éste recogía ideas de ciertas Memorias pitagóricas, transmite la creencia común en la divinidad del éter y con él la del alma: El alma es un fragmento del éter, tanto del cálido como del frío, y por el hecho de participar del éter frío, el alma se diferencia de la vida Pit. Art. 45, III, 27). Aunque aquí se afirma la inmortalidad de toda el alma, más adelante el mismo fragmento. como veremos afirmará como inmortal sólo una parte de ella.. Como es apreciable, el medio «físico» en el que el pitagorismose mueve no impide su adhesión a las doctrinas «aéreas» o «etéreas», más acordes con las propiedades que atribuye al alma.
  • Ya hemos indicado en la referencia a la « naturaleza biológica» del alma las funciones que se le atribuían a ciertas de sus partes distinguiendo, con su localización, la sensibilidad y la intelección. Sin duda alguna la capacidad racional por la que el hombre se distingue del El animal es atribuido al alma en toda la tradición pitagórica. Alcmeón establece la clara distinción entre el hombre y los demás vivientes en virtud de la diferencia entre lo intelectual 9 lo puramente sensitivo: El hombre se diferencia de los otros vivientes porque sólo él comprende, mientras que los demás sienten pero no comprenden (Alc, a, 5, Y, 128). Es de señalar que el empleado por Alcmeón procede del verque lleva anejo un significado complejo como atender, distinguir, entenderse.. En todo caso, todas las actitudes específicamente humanas. No precisa, sin embargo, Alcmeón si es el alma o no la que «comprende» o solamente el cerebro donde según él, reside «el principio directivo» tanto de la comprensión como de la sensación (AZc, a, 8 1, 135; a, 11, 1. 139; a, 5, 1, 133). Más explícitamente el alma es equiparada en otros testimonios al entendimiento y éste asimilado al Uno-substancia, en virtud de su homogeneidad y preeminencia. Así leemos Los pitagóricos llamaban al uno entendimiento y sustancia; el alma... Como el entendimiento. Llamaban al entendimiento mónada y uno porque él es estable y todo en sí igual y dominador; pero también substancia porque la substancia es el elemento primero (Pit., An., 4, UY, 64). Así pues por analogía con el Uno, el alma es considerada en su totalidad como substancia y como entendimiento.
  • Teniendo presente la distinción anunciada más arriba, según la cual una parte del alma es mortal y en sí misma perecedera, la afirmación La inmortalidad genérica es una tradición pitagórica constante. Las discusiones platónicas en el Fedón, con la intervención de cliscipulos de Filo]ao y las alusiones a éste como autoridad en el tema (61 d), testifican que en el pitagorismo antiguo la inmortalidad ocupaba un lugar primordial. Sócrates alude a Filolao, en el pasaje citado del Fedón, como si él fuese el especialista en la materia. Los testimonios de Herodoto son también explícitos. Atribuyendo a los egipcios el patrimonio de la doctrina de la inmortalidad y el de la transmigración, afirma que en Grecia hay muchos que profesan estas doctrinas (Historias, II, 123) para precisar luego (IV, 95) que los pitagóricos enseñaban que después de la muerte irían a un lugar donde vivirían para siempre en posesión de todos los bienes deja de sorprender una cierta contradicción entre el «para siempre» y la posibilidad de la transmigración que admite el mismo pasaje. La misma doctrina viene referida por los testimonios de Porfirio quien, aludiendo a los pitagóricos refiere: eran universalmente conocidas algunas sentencias suyas: en primer lugar que el alma era inmortal, después que ella transmigra a -otras especies de seres vivos; y además que, según determinados períodos de tiempo, lo que alguna vez ha existido retorna, que nada es nuevo en absoluto y que todos los seres animados deben ser considerados de la misma naturaleza. Parece que Pitágoras haya sido el primero en introducir en Grecia estas DoctrinasPit., Vii. De Dott;, 8, 1, 45). No parece dudoso que la doctrina de la inmortalidad haya llegado a Grecia procedente de Egipto. Más dudoso es como afirma Zellery con él Timpanaro, que la doctrina de la transmigración proceda de Egipto, donde no existen testimonios explícitos sobre el tema. Posiblemente la base tradicional del orfismo con los rastras del animismo prehistórico haya sido el soporte para la afirmación explícita de la transmigración.
  • El pitagorismo aparece, en primer lugar, como una pretensión reflexivo-religiosa que, si bien dentro de formulaciones genéricas, supuso un extraordinario lanzamiento de los temas antropológicos en elseno de la filosofía presocrática. Cierto que no pudo dejar de moverse en un ambiente que no fuese el suyo, pero el hombre adquiere en los pitagóricos, según nos remite Diógenes Laercio la categoría de «congénere de los dioses» (Pit. An., 45, II, 225), con el reconocimiento de una dignidad que se convirtió en el motivo central de la Historia del pitagorismo. Sus afirmaciones sobre la naturaleza del alma y sus propiedades, no se asientan, ciertamente sobre una analítica rigurosa, como Aristóteles percibe reiteradamente cuando a ellos se refiere. A ello alude también Heráclito cuando arremete contra la «polimatia» o plurisabidurla pitagórica (Diels-Kranz, Her., 8, 40. 1. 160). Pero no por ello el pitagorismo deja de ser un continuado empeño por reconducir a conceptos racionalmente más aceptables el fondo mítico-animista sobre el que trabaja. Como bien señala Garcia-Junceda Pitágoras... pretendía una auténtica teoría del Universo es decir, una visión del mundo en su maravillosa ordenación para poder, desde ella, gobernar la vida de los hombres». En cuanto tal, el pitagorismo, también para nuestra reflexión actual, supone la exigencia de no pretender agotar en el concepto y el análisis lo que por sí mismo no es inventariable. Y en el hombre lo no inventariable es la mayor parte; todo lo que inquietaba a Kant y que él ambicionaba conocer con la pregunta «quées el hombre.
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