A la liebre le hacía mucha gracia ver a la tortuga arrastrando sus gordas patas, mientras que a ella le bastaba un pequeño impulso para brincar con agilidad. Cuando se cruzaban, la liebre se reía de ella y solía hacer comentarios burlones que por supuesto, a la tortuga no le parecían nada bien.
En el campo vivían una liebre y una tortuga. La liebre era muy veloz y se pasaba el día correteando de aquí para allá, mientras que la tortuga caminaba siempre con aspecto cansado, pues no en vano tenía que soportar el peso de su gran caparazón.
¡Ja Ja!
Un día, la tortuga se hartó de tal modo, que se enfrentó a la liebre.
– Tú serás veloz como el viento, pero te aseguro que soy capaz de ganarte una carrera.
Contestó la liebre mofándose y riéndose a mandíbula batiente.
– ¡Ja, ja, ja! ¡Ay que me parto de risa! ¡Pero si hasta una babosa es más rápida que tú!
La liebre dando saltitos y la tortuga con la misma tranquilidad de siempre, se fueron cada una por su lado.
– ¡Espero que no tengas mucha prisa, amiga tortuga! ¡Ja, ja, ja! A ese paso no llegarás a tiempo a ninguna parte ¿Qué harás el día que tengas una emergencia? ¡Acelera, acelera!
S-i tan segura estás insistió la tortuga– ¡Muy bien! Nos veremos mañana a esta misma hora junto al campo de girasoles ¿Te parece?
– ¿Por qué no probamos?– ¡Cuando quieras! – respondió la liebre con chulería.– ¡Perfecto! – asintió la liebre guiñándole un ojo con cara de insolencia.