Cuando la razón retornó con la mañana, cuando hube disipado en el sueño los vaporesde la orgía nocturna, sentí que el horror se mezclaba con el remordimiento ante el crimencometido; pero mi sentimiento era débil y ambiguo, no alcanzaba a interesar al alma. Unavez más me hundí en los excesos y muy pronto ahogué en vino los recuerdos de losucedido.
Este espíritu de perversidad se presentó, como he dicho, enmi caída final. Y el insondable anhelo que tenía mi alma de vejarse a sí misma, de violentarsu propia naturaleza, de hacer mal por el mal mismo, me incitó a continuar y, finalmente, aconsumar el suplicio que había infligido a la inocente bestia. Una mañana, obrando a sangrefría, le pasé un lazo por el pescuezo y lo ahorqué en la rama de un árbol; lo ahorquémientras las lágrimas manaban de mis ojos y el más amargo remordimiento me apretaba elcorazón; lo ahorqué porque recordaba que me había querido y porque estaba seguro de queno me había dado motivo para matarlo; lo ahorqué porque sabía que, al hacerlo, cometía unpecado, un pecado mortal que comprometería mi alma hasta llevarla —si ello fueraposible— más allá del alcance de la infinita misericordia del Dios más misericordioso ymás terrible.
Nuestra amistad duró así varios años, en el curso de los cuales (enrojezco al confesarlo)mi temperamento y mi carácter se alteraron radicalmente por culpa del demonio.Intemperancia. Día a día me fui volviendo más melancólico, irritable e indiferente hacia lossentimientos ajenos. Llegué, incluso, a hablar descomedidamente a mi mujer y terminé porinfligirle violencias personales. Mis favoritos, claro está, sintieron igualmente el cambio demi carácter. No sólo los descuidaba, sino que llegué a hacerles daño.
callate idiota
finalmente el mismo Plutón, que ya estaba viejo y, por tanto, algo enojadizo, empezó a sufrir las consecuencias de mi mal humor.Una noche en que volvía a casa completamente embriagado, después de una de miscorrerías por la ciudad, me pareció que el gato evitaba mi presencia. Lo alcé en brazos,pero, asustado por mi violencia, me mordió ligeramente en la mano. Al punto se apoderó demí una furia demoniaca y ya no supe lo que hacía. Fue como si la raíz de mi alma seseparara de golpe de mi cuerpo; una maldad más que diabólica, alimentada por la ginebra,estremeció cada fibra de mi ser. Sacando del bolsillo del chaleco un cortaplumas, lo abrímientras sujetaba al pobre animal por el pescuezo y, deliberadamente, le hice saltar un ojo.Enrojezco, me abraso, tiemblo mientras escribo tan condenable atrocidad
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