El siervo iba a la casa-hacienda de su patrón para cumplir su labor de pongo, su aspecto era deplorable, tanto su cuerpo como sus vestimentas.
Guau
¡Ladra como si fueras perro!
El patrón de la hacienda lo insultó y humilló, tras lo cual lo mandó a hacer terribles labores. El pongo se arrodilló y le besó las manos. El patrón lo mandó con el mandón a la cocina.
Soñé anoche que morimos los dos juntos
¡Tú conmigo? Cuéntalo todo
Padrecito, gran señor, déjame hablarte.
Habla... si puedes.
La cocinera se compadeció del pongo. Él cumplía todo lo que le ordenaran y no hablaba con con nadie.
El patrón le tenía un especial desprecio contra él, tal vez por su actitud temerosa y su aspecto. En el corredor lo martirizaba frente a los siervos, a diario.
Un día el pongo le pidió permiso para hablar al patrón. Y este le dejó porque tenía curiosidad de su sueño.
Como éramos hombres muertos, señor mío, aparecimos desnudos, los dos juntos; desnudos ante nuestro gran Padre San Francisco.
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