En una tarde cualquiera, en la casa de los Ramírez, se vivía una escena típica de muchas familias: Mariana, una adolescente de 16 años, discutía acaloradamente con su madre porque no la dejaban salir a una fiesta con sus amigos
Acompañame a esta aventura...
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En el interior de Mariana, el conflicto era intenso. Su Ello, la parte más primitiva y orientada al placer, le gritaba que debía ir a la fiesta, que la diversión y la libertad eran lo más importante.
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“¡Te lo mereces! ¡Todos tus amigos van a estar ahí!”, le susurraba insistentemente, alimentando su deseo de independencia y aventura.
No está bien desobedecer, podrías decepcionar a tu familia y meterte en problemas”, le reprochaba, haciéndola sentir culpable solo por pensar en desafiar las reglas.
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En medio de este choque, el Yo de Mariana trataba de mediar. Sabía que necesitaba negociar con su madre, buscar un punto intermedio que le permitiera satisfacer su deseo de salir sin romper completamente las normas familiares. Así, intentó calmarse y propuso:
“¿Y si voy solo un par de horas y regreso temprano? Puedo avisar cuando llegue y cuando salga”
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La madre, percibiendo el esfuerzo de su hija por dialogar, aceptó la propuesta, pero no sin antes recordarle la importancia de la responsabilidad y la confianza. Mariana sintió alivio: su Yo había logrado equilibrar las exigencias del Ello y el Superyó, permitiéndole actuar de manera adaptativa en un contexto de conflicto familiar.
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Este pasaje ilustra cómo, en la vida cotidiana de un adolescente, el Ello, el Yo y el Superyó interactúan constantemente, generando conflictos internos que se reflejan en la relación con los padres y en la toma de decisiones. La personalidad, como construcción dinámica, se manifiesta en la capacidad de cada individuo para negociar entre sus impulsos, sus valores y la realidad del entorno familiar
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