El hombre se incorporó y miró a la mujer. Él tenía esa cara de asombro de quien se ha dado por muerto y de pronto, sin previo aviso, se despierta para comprobar que aún no le había sido dado el beneficio de la muerte.
-Llevo por lo menos dos horas aquí sentada cuidando que no se lo almuercen las moscas ni los zopilotes, señor
Única Oconitrillo lo ayudó a levantarse y lo condujo hasta su tugurio. Varias horas después, el hombre se sentía mucho mejor pero seguía sin hablar, solo se limitó a sentarse en la puerta y a seguir los movimientos del basurero
Karla Ortíz
-O me dice usted por lo menos como se llama o yo no me hago más cargo de usted...
Karla Ortíz
El viejo se incorporó, respiró el omnipresente aire fétido del basurero y dijo:
-Señora, me puede usted llamar Momboñombo Moñagallo
-Y el jueves pasado tomé la determinación de botarme a la basura. Me levanté, acomodé todo en su lugar, le abrí la puerta al canario, cerré mi casa, y listo ! Me boté al basurero
Karla Ortíz
Única comenzó a hablar sola:
- ¡Eso es lo que yo he dicho siempre; vea por ejemplo, este hombre está bueno, ¡ah!, pero no, el desperdicio es tal que se tira a la basura cuando todavía se le puede sacar el jugo un buen rato más!...
- Si hay pero está sin hacer
- ¿ Tendrá una taza de café que me pueda regalar ?
Karla Ortíz
Este es el Bacán, mi chiquito...
Momboñombo miró al joven y le calculo alrededor de veinte años. Era alto, flaco, de tez blanca ennegrecida por el sol, de ojos verde oscuro y barba negra.
Karla Ortíz
- La mesa se pone cuando se pone el sol, y nosotros ponemos en la mesa lo que la gente dispone de sus casas
Momboñombo Moñagallo escuchaba al niño en silencio,solo asintiendo con un gesto.
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