En la parte más alta de la ciudad, sobre una columnita, se alzaba la estatua del Príncipe Feliz. Estaba toda revestida de madreselva de oro fino. Tenía, a guisa de ojos, dos centelleantes zafiros y un gran rubí rojo ardía en el puño de su espada.
-dijo la Golondrina, que no se andaba nunca con rodeos.Y el Junco le hizo un profundo saludo.-
¿Quieres que te ame?
-preguntó por último la Golondrina al Junco.- -Pero el Junco movió la cabeza. Estaba demasiado atado a su hogar.-
¿Quieres seguirme?
Voló durante todo el día y al caer la noche llegó a la ciudad.
¿Dónde buscaré un abrigo? Supongo que la ciudad habrá hecho preparativos para recibirme.
Entonces divisó la estatua sobre la columnita.
Y se dejó caer precisamente entre los pies del Príncipe Feliz.
Voy a cobijarme allí
se dispuso a dormir. Pero al ir a colocar su cabeza bajo el ala, he aquí que le cayó encima una pesada gota de agua.
¡Qué curioso! -exclamó-. No hay una sola nube en el cielo, las estrellas están claras y brillantes, ¡y sin embargo llueve! El clima del norte de Europa es verdaderamente extraño.
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