Algunas semanas después se cerró el trato, y a fines de la estación el ministro y su familia emprendieron el viaje hacia Canterville Chase.
Gracias señora Umney.
Les doy la bienvenida a Canterville Chase.Aquí estoy para servirles y ayudarles en lo que necesiten. 
Creo que han vertido algo en ese sitio.
Sí, señora —contestó la señora Umney en voz baja—. En ese lugar se ha vertido sangre.
—¡Qué horror! —exclamó la señora Otis—. No quiero manchas de sangre en un salón. Espreciso quitar eso inmediatamente.
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Es sangre de lady Leonor de Canterville, que fue muerta en ese mismo sitio por su propio marido, sir Simón de Canterville, en 1565.La mancha de sangre ha sido muy admirada por los turistas y otras personas y no puede quitarse.
Todo eso son tonterías —exclamó Washington Otis—. El producto quitamanchas, el limpiador incomparable Campeón, marca Pinkerton, y el detergente Paragon harán desaparecer eso en un instante.
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Y sin dar tiempo a que el ama de gobierno, aterrada, pudiese intervenir, ya se había arrodillado y frotaba rápidamente el entarimado con una barrita de una sustancia parecida al cosmético negro. A los pocos instantes la mancha había desaparecido sin dejar rastro.
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Ya sabía yo que el Pinkerton la borraría —exclamó en tono triunfal, paseando la mirada sobre su familia llena de admiración.
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