El trasgo

El trasgo
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  • El comedor de la venta de Aristondo, sitio en donde nos reuníamos después de cenar, tenía en el pueblo los honores de casino...
  • Estaban jugando su partida de, tute el doctor y el maestro, cuando entró la patrona, la obesa y sonriente Maintoni, y dijo:
  • Oiga su merced, señor médico, ¿cómo siguen las hijas de Aspillaga, el herrador?
  • ¿Cómo han de estar? Mal. Un caso de contagio nervioso. Nada más.
  • ¿Es verdad que han llamado a la curandera de Elisabide?
  • Pues si estuviera usted en Galicia...
  • Creo que sí; y esa curandera, que es otra loca, les ha dicho que en la casa debe haber un duende, y han sacado en consecuencia que el duende es un gato negro de la vecindad, que se presenta allí de cuando en cuando. ¡Sea usted médico con semejantes imbéciles!
  • En fin, se conoce que los trasgos de allá no son tan fieros como los de aquí.
  • Nos volvimos a ver quién hablaba. Era un buhonero que había llegado por la tarde al pueblo, y que estaba comiendo en una mesa próxima a la nuestra.
  • Quizá sea eso mucho decir, señor.
  • Sí señor. Había salido por la tarde de un pueblo y me había oscurecido en el camino. La noche estaba fría, tranquila, serena; ni una ráfaga de viento movía el aire. El paraje infundia respeto; yo era la primera vez que viajaba.
  • Pues qué, ¿usted ha visto algún duende de ésos?
  • De repente, sin saber de dónde ni cómo, veo a mi lado un perro escuálido, ¿De dónde podía haber salido aquel animal tan feo?, me pregunté. Seguí adelante, ¡hala, hala!, y el perro detrás, primero gruñendo y luego aullando, aunque por lo bajo.
  • Entonces cogió un palo, y marcó en el suelo una figura como la de los ochavos morunos, una estrella de cinco puntas. Su hijo la imitó, y yo hice lo mismo. Concluyo el buhonero de hablar, y nos fuimos.
  •  Al llegar aquí, el perro ya no me siguió, y se quedó aullando con furia delante de una casa blanca.
  •  El enfermo ha muerto
  • Era o trasgo, y ha venido a anunciarle la muerte al amo de esa casa blanca. Hace una media hora que está el médico ahí. Pronto volverá.
  • ¡Eh! era o trasgo.
  • El perro empezó a reírse detrás de mí, y desde entonces ya no pude hacer cosa a derechas; tropecé, me caí, rodé por una cuesta, y el perro, ríe que ríe, a mi lado. Yo empecé a rezar, y me encomendé a San Rafael, abogado de toda necesidad, y San Rafael me sacó de aquellos parajes y me llevó a un pueblo.
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