¡Te saludo, oh jefe! ¡Te saludo, oh Señora! Doy gracias al cielo, doy gracias a la tierra. Aquí tú proteges, abrigas, bajo el toldo de plumas de verdes pajarillos,1 en los vas- tos muros, en la vasta fortaleza.
¡Mi valiente, mi varón! Gracias al cielo, gracias a la tie- rra, has llegado a los vastos muros, a la vasta fortaleza,
jefe Cinco-Lluvia, dame tu aprobación, ante el cielo ante la tierra. Mi voz dice esto: Aquí está mi vigor, mi denuedo, que habías entregado, que habías afirmado a mis labios, en mi cara.
¡Eh! valiente, varón, hombre de los Cavek Queché. Ya he anunciado tu presencia en los vastos muros, en la vasta fortaleza, ante la cara de mi gobernador, mi mandatario.
Mi gobernador, mi mandatario dijo esto, para pre- venir a tu valentía, a tu denuedo: “Que él no haga es- truendo, que no escandalice sino que se humille, que humille su cara, cuando llegue a la entrada de los vastos muros
de la vasta fortaleza, aquí bajo el cielo, sobre la tierra; porque debe amársele, debe admirársele aquí en los vastos muros, en la vasta fortaleza, ya que estará ca- bal el interior de los vastos muros, de la vasta fortaleza.
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