Un pequeño hombre, pequeño y débil se dirigía a la casa de su patrón, para cumplir su labor como pongo, un sirviente de la residencia.
Una vez el patrón de la hacienda miro y examino al joven se comenzó a reír.
¿Eres gente u otra cosa? Da igual, llévense a esta inmundicia, por lo menos sabrá lavar ollas.
JAJAJAJAJA
Al anochecer, cuando los sirvientes se reunían en el comedor para rezar el Ave María, el patrón se dedicaba a torturar al pobre hombrecillo delante de toda la demás servidumbre.
Creo que eres perro. ¡Ladra!
Todo cambio una tarde, en la que toda la servidumbre se reunía para rezar el Ave María. El pongo habló muy claramente en voz alta. Sorprendiendo a todos y más al patrón.
Gran señor, dame tu licencia; padrecito mío, quiero hablarte.
Habla… si puedes.
Como éramos hombres muertos, señor mío, aparecimos desnudos, los dos juntos; desnudos ante nuestro gran Padre San Francisco.
Soñé anoche que habíamos muerto los dos juntos; juntos habíamos muerto.
El gran padre San Francisco los examinaba, pensando en el corazón de cada uno, lo que eran y lo que son.
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