Al día siguiente, en clase, los estudiantes se sentaron en círculo.—¿Alguna vez han sentido miedo de hablar o leer en voz alta? —preguntó la profesora.Varios levantaron la mano.—Sí, cuando no sabía leer bien —dijo uno.—Entonces ya saben cómo se siente. Reírnos del miedo de alguien no lo ayuda. Pero apoyarnos, sí.Esa semana, la profesora propuso una actividad diferente:—Hoy, Mateo nos va a enseñar los nombres de los animales en inglés.
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Con dibujos en sus manos y una sonrisa temblorosa perofeliz, Mateo se puso de pie.—This is a cat. This is a dog. This is a lion...Los compañeros lo miraban sorprendidos.—¡Qué bien lo hace! —dijo uno de ellos.Mateo terminó su presentación entre aplausos.—Perdón por reírme el otro día —le dijo un compañero—. ¿Me enseñas tú también?
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—¡Claro que sí! —respondió Mateo, esta vez con voz segura.Al finalizar la clase, la profesora escribió en el tablero:“En nuestra clase, todos aprendemos juntos.”Y con voz firme pero dulce, cerró la jornada diciendo:—Como maestros, no debemos castigar el miedo, sino ayudar a transformarlo en confianza. Hoy aprendimos una gran lección: hablar con respeto también es aprender.
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