No me devolví a mi casa porque ya habíamos llegado a donde mi compañera. Me quedé a hacer la tarea después de todo.
No dije nada a mis padres porque tenía miedo que me regañarán. Pensé que el moretón desaparecería después de unos días, pero, por desgracia, no. La marca de la mordida permaneció durante varias semanas.
Y a pesar de que traté de ocultar la mordedura durante un buen tiempo, un día mi mamá se dio cuenta mientras dormía. No me percaté de cubrir mi brazo y todo salió a la luz. Aunque no quería que me regañará, se enojó porque le oculté esa situación.
En el andén por donde estábamos caminando había un caballo que estaba comiendo unas zanahorias. El andén era angosto, así que teníamos que pasar por su lado. Laura y Estefania pasaron con cuidado. El caballo ni las miró, estaba muy concentrado en su comida.
Pero conmigo la situación se torno diferente. Cuando pasé por su lado, el caballo ni corto ni perezoso mordió mi brazo derecho. Sentí como si alguien me hubiera pellizcado. Grite muy fuerte y salí corriendo donde mis compañeras.
¡Ay!
Mi voz se entrecortaba mientras les contaba. No podían creer que me hubiera pasado eso. Estaba muy asustada. No me atrevía a mirar mi brazo. Sin embargo, Laura quería saber como estaba, así que me arremangó el saco y me di cuenta que mi piel tenía una gran marca de dientes y estaba amoratada.
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