Maestro, quiero que me enseñes a discernir las joyas verdaderas de las falsificaciones. Quiero leer todos tus libros, memorizar las densidades de los minerales y aprender las fórmulas químicas hoy mismo.
Cierra los ojos, aprieta la piedra y escucha.
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Durante toda esa mañana, el maestro no habló de joyas. Le habló de filosofía, de los ciclos de la naturaleza y de la historia de los antiguos imperios. Al día siguiente, el joven regresó exigiendo teoría, pero el maestro volvió a poner la misma piedra de jade en su mano y continuó contándole historias.
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¡Un momento! ¡Esto no es jade!—
—Acabas de aprender lo que es el discernimiento. No lo aprendiste acumulando datos sobre las piedras falsas, sino conociendo tan profundamente la verdadera, que ahora cualquier engaño te resulta insoportable al tacto.
Así pasaron tres semanas. El joven estaba furioso. Sentía que estaba perdiendo el tiempo escuchando cuentos mientras sostenía la misma piedra una y otra vez, sin recibir un solo dato técnico.Al llegar la cuarta semana, el joven se sentó dispuesto a renunciar. El maestro, sin decir palabra, colocó una piedra en la mano del muchacho.En el mismo microsegundo en que la piedra tocó su palma, el joven abrió los ojos de golpe, la soltó y exclamó: