A la tarde, cuando ya me había tendidoo sobre la cama para ver si elsueñoo me ayudaba a olvidarlo todo, suenao el timbre.o Oigo al mismotiempo en la puerta ruido de discusión, voces de protesta de alguien quese empeñao en entrar, y al punto veo anteo mí a la chica, que se arrojao enmis brazos gritando y con las lágrimas en los ojos.
Zdrs: 2
¡Infeliz de mí!° Creía haber pasado lo peor del disgusto,o y ahora tenía que hacer esta cruel confesión; tenía que decir, sin saber cómo, que había pedido el billete, que no lo encontraba en ninguna parte, y que por consiguienteo nada tenía que esperar de mí la pobre muchacha, en cuyos ojos negros y vivos temía ver brillar la duda y la desconfianza. Pero me equivocaba,o pues cuando la chica oyó la triste noticia, alzóo los ojos, me miró con la hondao ternurao de quien siente la pena ajenao y encogiéndose de hombroso dijo;—¡Vaya por la Virgen! Señorito... no nacimos ni usted ni yo para ser ricos.
Zdrs: 3
Es verdad que nunca pude hallaro el décimo que me habría dadola riqueza, pero en cambio la hallé a ella, a la muchacha del pueblo aquien, después de proteger y educar, di la mano de esposoo y en quienhe hallado más felicidad que la que hubiera podido compraro con los millones del décimo.
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