Por aquellos días llegaba con flores para mi mamá y con regali-tos para mí. Volvimos a ir a la nevería y a bailar rock... ¡Yo nome cambiaba por nadie, estaba feliz!Pero mi mamá no sentía lo mismo. Siempre estaba preocupa-da y nerviosa. No se despegaba del telétono. A cada rato secomunicaba a la institución para saber de Lucero. No hablabamás que de Lucero. La extrañaba cada minuto. El fin de semanaque fuimos a visitarla, mi mamá cogió a su niña y salió con ella•de la institución. Mi papá tuvo que arreglar en la administracióntodo lo necesario para que la dieran de alta.Finalmente Lucero estaba de nuevo en la casa, y el malhumor de mi papá, mi soledad y mi angustia, también.
-Saluda a tu hermanito -mi mamá me cogía la mano, mehacia ponerla sobre su estómago abultado, esperaba un movi.miento y me abrazaba feliz.Pero yo no compartía esa felicidad. Lo que en realidad desen-ba era que mi mamá me dijera que se había equivocado, que noestaba embarazada y que estaba engordando sólo porque queríaser gorda.
IM papá llego una tarde, con muchos rogalos para Lucero."¡Nada más esto me faltaba!", pensé yo,"Ahora hasta mipapá se va a poner de parte de esa niña..."¡Increible!, mi mamá lo recibió con gusto. Estuvieron plati-cando.
Yo me puse feliz. Pensé que si dejaban a Lucero en ese lugar,seguramente al principio iriamos a verla todos los días, luego,cada fin de semana, después, cada quince días o cada mes, y, altinal, nos olvidariamos de ella.
-¡No! - gritó mi abuelita Esperanza.En cuclillas se puso a recoger, desesperada, puñitos de sal, ylos empezó a aventar hacia atrás, por encima de sus hombros.-¡Es de mala suerte!... ¡Es de mala suerte! - repetía.
-Ya es hora - dijo, poniéndose las manos atrás, en la cintu-ra y haciendo un gesto de dolor.Mi papá se levantó asustado y tiró el salero de un manotazou.Fue como si hubiera recibido una descarga eléctrica.
Recuerdo perfectamente el día que nacióEra sábado y, como todos los sábados, mis abuelitos Espe-ranza y Jorge (los papás de mi mamá) habian llegado desde tem-prano a mi casa, y mi abuelita Adela (mamá de mi papá) habiallegado desde el jueves de Querétaro a esperar el nacimiento.
A los pocos días de aquello, mi papá empezó a hablaros todoslos días por telétono; de repente le llegaban flores a mi mamá desu parte, y a mí, regalitos. Luego, por fin vino a la casa. Trajotremenda despensa y llegó en un plan muy cariñoso.
¡Ir papa empezó a hacer todo lo posible por internar a Luceroen una institución para niños con síndrome de Down.-No estoy hablando por mí ni por ti, Laura -le dijo a mimamá-, esto es lo que le conviene a ella.
-Saluda a tu hermanito -mi mamá me cogía la mano, mehacia ponerla sobre su estómago abultado, esperaba un movi.miento y me abrazaba feliz.Pero yo no compartía esa felicidad. Lo que en realidad desen-ba era que mi mamá me dijera que se había equivocado, que noestaba embarazada y que estaba engordando sólo porque queríaser gorda.
Mi felicidad no duró mucho. Los dos se fueron a la recámarade mi mamá y estuvieron todo el tiempo con Lucero. Mi papá lacargó por primera vez en tres meses y le dijo muchas palabras decariño. A mí casi no me hizo caso, sólo cuando se fue me dijo:-Nos vemos mañana, mi amor --y me abrazó.
SIN mi papá, en la casa todo era más tranquilo, pero yo loextrañaba. A pesar de que, aun estando él, yo de todos modosestaba sola, siempre tenia la esperanza de que él volviera a ser elmismo de antes, de que volviera a llevarme a la nevería y poner-nos a bailar aquí en la casa con nuestros discos de rock.
-Saluda a tu hermanito -mi mamá me cogía la mano, mehacia ponerla sobre su estómago abultado, esperaba un movi.miento y me abrazaba feliz.Pero yo no compartía esa felicidad. Lo que en realidad desen-ba era que mi mamá me dijera que se había equivocado, que noestaba embarazada y que estaba engordando sólo porque queríaser gorda.
A veces las supersticiones de miabuelita le caían en gracia, pero, en esos momentos..Mi mamá le habló por teléfono a mi tía Rosario, y le dijo quese fuera yendo al hospital.
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