Buenos días, pequeñoYa temía que pudieras sentirte un poco entumecido. No puede ser por las caídas. No caíste más de una docena de veces, y siempre sobre deliciosa, suave y mullida hierba, en la que caer casi debió ser un placer. Además, a la única que podría haber sido molesta, la paró aquel matorral de aulagas
uf bree estoy adolorido me duele todo el cuerpo apenas puedo moverme
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Pero el caballo fue dándole suaves golpecitos con el hocio y un casco hasta que se vio obligado a levantarse. Y entonces miró a su alrededor y vio dónde estaban. A su espalda se extendía un bosquecillo; ante ellos, el pastizal, salpicado de flores blancas, descendía hasta la cresta de un acantilado. A lo lejos, por debajo de ellos, de modo que el sonido del romper de las olas llegaba muy amortiguado, estaba el mar. Shasta no lo había contemplado jamás desde tal altura y tampoco había visto tal extensión ni imaginado los muchos colores que tenía. A ambos lados, la costa se perdía en la lejanía, promontorio tras promontorio, y en algunos puntos se veía cómo la blanca espuma corría sobre las rocas pero sin hacer ningún ruido debido a la distancia a la que se hallaba. En lo alto volaban las gaviotas y el calor se estremecía a ras de suelo; era un día deslumbrante. Sin embargo, lo que el muchacho advirtió principalmente fue el aire. No se le ocurría qué faltaba, hasta que por fin se dio cuenta de que no olía a pescado. Pues desde luego, ni en la cabaña ni entre las redes había estado jamás lejos de aquel olorInvestigaron las alforjas y los resultados fueron prometedores; una empanada de carne, ligeramente rancia, un bloque de higos secos y otro de queso, un frasquito de vino y algo de dinero; unas cuarenta medialunas en total, lo que era más de lo que Shasta había visto jamás
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¿No será «robar» utilizar el dinero?
Vaya
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