Me quedé solo frente al vidrio frío, viendo cómo Quito se deshacía en una llovizna eterna. Comprendí, con una claridad amarga, que Santiago nunca fue el verdadero invasor; él solo fue el espejo que reflejó las grietas que ya existían en mi alma.Había luchado tanto por proteger mi hogar que terminé destruyéndolo con mis propias manos. Ahora, el silencio es mi único habitante. La calidez de Susana y la risa de mis hijos se evaporaron como el aliento que empaña este cristal.Al final, la 'Ciudad de Invierno' no es un lugar en el mapa, ni un clima estacional; es este vacío gris que se instaló en mi pecho. Un invierno del espíritu que no conoce primaveras. Me doy la vuelta y la casa está a oscuras: afuera la lluvia sigue borrando todo lo que alguna vez amé, y adentro... adentro el frío ya ganó.
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Los días se hicieron largos, y las risas de Susana, que antes eran mías, ahora se compartían. Un zumbido en mi cabeza, apenas perceptible al principio.
Ya está... ya se fue. ¿Por qué no me siento mejor?"
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Eché al intruso a la calle gris, creyendo que así recuperaría mi hogar.
Adiós, Sergio. Algún día entenderás.
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